Las últimas de este año

Sabía que erais las últimas;

Y aunque amenazante

-De cuellos enormes

Y retorcidos dedos de gigantes

De vosotras el semblante-

Pasasteis esquivas y tímidas,

Sin dejar de vosotras ni mínimas

Pupilas cristalinas donde mirarme

Y desde el rudo y basto suelo

Sonreíros en ángulo recto.

 

Un amago dulce de llovizna

Mas huisteis tan corriendo…

 

Quedéme de brazos abiertos

Por si quedaros os placía

Mirándoos en vertical trayecto.

 

Cómo restó sin nada la escudilla;

Temblaba famélica

Sin el santo pan ácimo

Ni frutilla roja de invierno.

 

Tanto os echo de menos

Que en no acabando aún este hielo

Lejos de mí ya os siento

Como mis días de chiquillo

En que todo era blanco, tierno

Y todo era bueno.

 

sin lluvia

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Habiendo salido del trabajo, ayer tarde

Como un inocente chiquillo

Que palo en mano se figura

Caballero, Yago santo

En yegua blanca

Así de amables

Se acamaban del sol, sus rayos

Ayer tarde

por los campos

De esta tierra jándala

Tan anciana, tan sabia y tan callada.

 

Eran sus rayos tentativas,

Conatos, alardes y amagos

De ilusa criatura

Por herir los sembrados carmelitas

De terrones ocres y espinosos

Los vallados.

Soberbio astro de infantil cuerpo

Que trajinaba con bravura

Agostar las blancas tierras bajas

Del viejo Aljarafe sevillano.

 

Y a pesar de amenazantes sus manos

Más eran dócil austro

Que fiero cierzo encabritado.

 

Sonreí con verte tan alto

Y en el roto suelo reflejado

Tan joven, tan cándido y tan manso.

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Variaciones sobre una epifanía cualquiera

Ahora nos veis en tres mas en el principio era uno. Mi naturaleza es terrestre, ctónica decís vosotros en vuestro absurdo modo de complicar las cosas para que suenen solemnes y altas. Uno era, cuando la tierra era Una. Cuando las placas se movieron se multiplicaron en muchas tierras de Una, aunque sólo se conocían tres en aquella altura. De ahí me hice trino. Aquí estamos ahora y aunque seguimos siendo tres en factura muchos somos, más de tres sin llegar a legión.

 

Fue en buscando la luz de la estela, que un barrunto súbito despertó en la conciencia, lo que nos mantuvo en este lado, aunque nos retiramos a la tranquilidad hipogea donde nada nos perturba.

 

En un viaje retrospectivo en el tiempo cuyo número no reviste importancia sino su calidad, comprobamos cómo se diluía el rastro hasta quedarse quieto. Ahí miramos con ojo dador de forma y fuimos a devolver aquello que tantos años estaba guardado desde que nos fue dado.

 

En mi primera persona recliné la espalda y extraje el pergamino. Lo desplegué y la palabra en virgulilla tesitura se hizo cuerpo. El ojo fue en busca del ojo, y del ojo se dibujó la sonrisa que despierta de la memoria. Todo principió a cumplirse como se estipuló en el tiempo. Mi segunda persona arqueó el cuerpo en un afán de asegurar la transmisión del objeto. Abrí el cofre y en éste reposaba un acerico. El ojo tras el ojo certificó la respuesta esperada: una mueca de rápido dolor de estilete cruzó el semblante. Todo discurría como el tiempo hubo fijado. Mi tercera persona salió de la reata y de hinojos aproximó el cilindro cristalino. El último presente era de naturaleza etérea de ahí el cuidado con el que mi tercer yo lo manipulaba. Destapé el lateral del tubo y una niebla se encarnó en retorcidos requiebros que trazaron en el espacio escaso del ojo la palabra epiceno. El ojo buscó el ojo y la sonrisa rompió en carcajada. Todo se había cumplido como se estipuló en el tiempo.

 

Me replegué hasta conducirme tras mis pasos allá desde donde había venido observando el momento.

 

Ahí quedaste sonriendo con una mueca fina de dolor y la carcajada inopinada del urSkek anciano.

 

urSheks

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Quédome callado

Del silencio santo el Santo.

Sin asas, ni mangos,

Ni valencias ni asideros ni mimbres ni espartos

Que exijan tantísimo y tanto

De la esquina el ya gastado canto

Donde agarrarse, hundir el dedo y frenar el paso.

 

De ese espacio que en estando

Sale ese Algo que no sé qué tiene de Magno;

En ese estado, digo, miro

Sin pupila que dirija

-Que orqueste este barroco teatro-

El haz que ordena, clasifica, falsea, calcifica

Y da todo por acabado.

 

A lo más que alcanzo

Dejado por aquí en esbozo

Es que intermitencias llegan

Y se van por el vado de ningún lado

Como por ensalmo, sin saber del momento

Su tiempo exacto.

Está y tal como está ya se ha marchado sin saberse cómo.

 

Huraño, fugaz, esquinado, hosco.

Cadencias son sin cuerpo encarnado.

 

No pido, que si pido aparezco-padezco

Y no tengo ganas de andar por medio

De este espacio blanco

En donde no estando, asoma en breve lapso

Aquello que siempre está no sé desde dónde ni cuándo

Copándolo todo, Pneuma vacuo,

Tan humilde, tan poco y tan callando.

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Sólo queda Eso solo

¡Qué sin ojos, qué sin ojo!

La cuenca de seco hueso

-Ignaro Polifemo,

Tan ojanco y tan ciego- 

Donde la luz no recala

Ni repara el seso,

Compone, crea, supone, recrea

E inventa todo Eso.

 

Las tardes doradas, los vientos calmos.

El ánimo santo, sereno el cierzo,

Tranquilo el austro, ido que se ha exhausto

El aquilón, muertos los Triones fieros.

Descansa el díscolo Eolo de mis pensamientos

Aunque asoma solemne el dedo cuando se apaga

El Véspero en el naciente curso del cielo.

 

Noviembre, noviembre, contigo mis días

y mis tardes de ensueños, oyendo

A Hildegard, la alta y a Barber el inmenso.

Y en mis momentos quedos

De fondo, como espejo,

De Victoria Su Mysterium

Atravesándome por entero.

 

¿Que si esto es el cielo? No lo dudo ni en mis dedos

Lo sopeso.

Que estaba tan cerca el sétimo cerco

Y yo tan ciego estaba sin llegar a verlo…

 

Noviembre, noviembre, hermano mío. Contigo

Mis tardecitas de invierno.

Un café me despabila

Pensamientos por los aires límpidos

Aleteando en requiebros,

Como molinetes hechos

Con telas de colores intensos.

 

Fugaz un recuerdo pasa, como pasan los vientos

– Manso pasa favonio de lejos-

Buscando los oceanos remotos,

Mares azules del Egeo donde fui feliz un día

De un setiembre que ya apenas recuerdo.

 

Huelva 2017

 

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De caricias sobre un piano

 A Ricardo Andrés Tomás,
quien con tan poco
tanto está dando
con cuatro teclas sencillas
 de un delicado piano.
Él sabe.

 

Blanco quiero el espacio blanco.

Blanco, como la rosa blanca

Que de sus pétalos

Perla el rocío con su blanco manto.

 

Quiérome yo en la blancura del espacio,

Y por decir, ni serme quiero, sino ser el albo

Que mora detrás del Escenario,

Imagino, estándose todo tan callado.

 

Perfectísimo estarse en el grácil baile

Del ave cuando ya en el aire

Danza con su canto al encanto

Del céfiro clásico.

 

Giróvagos derviches en vuelo blanco:

Centros que del éter toman, y de la mano

Vierten a tierra, benditas, las palmas hacia abajo.

 

Versos místicos de Rumi el sabio

Que encontró la dicha de ver los ojos

Que miran, siéndose en ellos los ojos admirados.

 

Ser todo eso sin pensarlo un instante

En concatenada catarata de cascadas insensatas;

Espectáculos místicos en enosis girando.

 

Brazos danzantes.

Blancas las manos: 

Ahora, luego, siempre, antes

En la hermosa blancura del momento santo

Sin tiempo mensurable ni medible el espacio.

 

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De payasos, vinos y largos pasos

Es condena, es caída en el charco

El sino al que es llamado el uno

Desde la paz del espacio al espacio

En que caen del cielo estrellas, planetas, mundos

Y dioses odiosos por lo que tienen de encanto.

 

Y es en ese rato de espirales cantos

En que imposible es fijar en un punto

Más la atención, de la mente surgen los mundos

Que nos dan vida y nos quitan la vida en gozándolos.

 

Y qué queda sino pared o, al vacío, pedregoso salto.

Qué suerte de juego sádico

Viene de lo alto o quizá del uno lo oculto.

 

¿Qué triste historia es ésta? Quien en diseñando

Semejante retruécano de mal gusto, susto

Es lo mínimo que despierta y de ahí seguido:

Dolores, miedos, exasperación, desengaños…

 

Y no hay otra sino esa pastilla bicolor que tragar sin pensarlo.

 

La misma que en la garganta araña lengua, muelas, esófago

Para vomitar este hartazgo rancio de vino malo;

De vivir sin otra ocasión que la de quemar años, eras, eones, siglos

Y de ahí, como tiovivo infinito, empezando de nuevo el circo

Donde, a lo sumo, mal hacemos el papel de triste payaso.

 

Payaso en carbonilla

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